(Redacción C6Digital / Jorge Kurrle) Una silla vieja, una pata rota y un reflejo a tiempo. A veces, una escena mínima alcanza para contar una historia enorme. Eso fue lo que ocurrió con Don Andrés, el padre del Dr. Veller, cuando hace unos días fue a visitar a su hijo, el Dr. Juan, y se sentó en una silla deteriorada que terminó cediendo.
La situación pudo haber sido grave. Una caída fuerte, una fractura, una internación o meses de recuperación. Pero Don Andrés reaccionó rápido, logró levantarse a tiempo y evitó el golpe. El episodio quedó apenas como una anécdota familiar, aunque detrás de ese instante hubo mucho más que suerte.
Porque el cuerpo que respondió en ese momento no era el mismo de algunos años atrás.
Según relató el propio Dr. Veller, Don Andrés tenía 55 años cuando su salud encendía varias alarmas. Pesaba cerca de 120 kilos, la glucemia se mantenía entre 250 y 300, convivía con presión alta, poca energía y cambios de humor. Además, cargaba con una idea muy repetida en muchas personas adultas: creer que el gimnasio era “para jóvenes” y que ya era tarde para cambiar.

Pero la historia empezó a tomar otro rumbo cuando decidió modificar hábitos que venía arrastrando durante décadas.
Hoy, con 63 años, Don Andrés pesa alrededor de 95 kilos, mantiene la glucemia casi siempre por debajo de 120, tiene más movilidad, más fuerza, mejores reflejos y, sobre todo, mayor autonomía. Esa transformación no se explica por una solución mágica ni por una pastilla milagrosa. Se explica por decisiones repetidas todos los días: moverse más, comer distinto y recuperar el control sobre su salud.
La escena de la silla mostró algo que muchas veces no aparece en un análisis clínico: la verdadera salud también se mide en la vida cotidiana. En la capacidad de sostenerse, de reaccionar, de conservar músculo, equilibrio y reflejos. En seguir siendo independiente.
“Se rompió para poder reconstruirse”, resumió el testimonio, con una frase que condensa el mensaje central de esta historia.
La experiencia de Don Andrés deja una enseñanza simple, pero poderosa: nunca es tarde para empezar. Muchas veces, la diferencia entre una caída que termina en tragedia y una anécdota que se cuenta en familia comienza años antes, con pequeñas decisiones tomadas todos los días.
Porque cuidar la salud no siempre se nota de inmediato. Pero cuando llega el momento en que el cuerpo tiene que responder, cada hábito cuenta.





