Hay personas que no recuerdan su vocación como una idea, sino como una escena. En el caso de Sergio Balatorre, esa escena tiene sonido de monte, noche cerrada, agua fría y el rugido inesperado de un yaguareté del otro lado del Moconá.
En el cuarto episodio de El Umbral, el espacio conducido por Sol Joulia, la conversación se abrió como se abren las grandes travesías: sin saber del todo qué habrá del otro lado, pero con la certeza de que algo va a transformar a quien se anima a cruzar.
Balatorre llegó al programa con una historia hecha de río, selva, kayaks, guardavidas, miedos vencidos y decisiones tomadas bajo presión. Sol lo recibió con la premisa que sostiene al podcast: mirar más allá del cargo, del oficio o del resultado visible, para entrar en ese detrás de escena donde la vida profesional se cruza con la historia humana.
“Umbral es un espacio donde escuchamos y subimos el volumen a las conversaciones de fondo”, plantea la conductora. Y desde esa puerta simbólica, la charla fue hacia los momentos que marcaron la vida de Sergio.
El primero de esos umbrales apareció cuando era muy joven. Mientras sus compañeros viajaban a Bariloche, él eligió una travesía en kayak desde el Moconá hasta San Javier, en pleno invierno misionero. Allí, acampando, un gendarme le pidió que escuchara hacia el otro lado del río. Sergio oyó un sonido que no olvidaría más.
“Escuché un yaguareté que pensé que no había más”, recordó. Aquella experiencia, seguida por cinco días de travesía dura, con noches difíciles, cansancio, miedo y alegría intensa, le movió algo adentro.
Sentí los miedos más miedo, sentí las alegrías más alegría. Me conecté y dije: yo quiero esto para mi vida”.
Hasta entonces se imaginaba ingeniero. Venía de una formación técnica, pero ese viaje cambió el rumbo. La naturaleza dejó de ser paisaje y pasó a ser destino. Empezó a militar en conservación, se vinculó con Fundación Vida Silvestre y encontró en la Educación Física un camino para trabajar al aire libre.
El segundo umbral llegó en los Esteros del Iberá, durante un año en el que trabajó en un campo haciendo cabalgatas y compartiendo jornadas con visitantes. Allí conoció al doctor Eduardo Izájaro, psicólogo que, según relató, había trabajado con figuras importantes de la vida pública y empresarial. Después de varios días de charlas, cabalgatas y asados, aquel hombre le dijo una frase que lo empujó a otro destino: “Sergio, vos tenés el perfil de liderar una institución sin fines de lucro”.
Balatorre recuerda que esa frase le quitó un velo. Le hizo entender que una institución sin fines de lucro no significaba vivir sin ingresos, sino orientar el trabajo hacia un servicio y no hacia la acumulación. Ese encuentro terminó de darle forma a sus ideales.
El tercer umbral llegó más tarde, a los 35 años, cuando ya formaba guardavidas y trabajaba en actividades físicas en la naturaleza. Durante un curso de kayak en el río Iguazú, en la zona de Andresito, tuvo un momento de soledad frente al agua. Allí sintió que ese era su lugar.
“Ahí era yo. Tengo que estar en la naturaleza para ser yo, para sacar lo mejor de mí y para dar lo mejor de mí”, contó.
A partir de allí, la charla fue entrando en los temas que atraviesan su presente: el ecoturismo, la seguridad, el liderazgo y la necesidad de que Misiones tome conciencia del valor inmenso que tiene en sus ríos, arroyos y selva.
Para Balatorre, emprender no es simplemente armar un proyecto rentable. Es lograr que una actividad pueda sostenerse económicamente sin traicionar los ideales que la originaron. Por eso hoy su foco está puesto en desarrollar el ecoturismo en Misiones como una herramienta de conservación.
“Poner ecoturistas a caminar en la selva va a hacer que esos lugares sean más cuidados, resguardados, vigilados y conservados”, sostuvo.
En esa mirada, la seguridad aparece como una pieza central. No como un detalle técnico, sino como la base de cualquier experiencia en ambientes naturales. Para él, quien contrata una salida de ecoturismo no compra solamente una caminata, una travesía o una foto: compra la posibilidad de vivir la selva y volver seguro a casa.
Lo mismo ocurre con la natación en aguas abiertas. La gente se anima cuando hay un marco de confianza. El río, explica, no es una pileta. La naturaleza tiene belleza, pero también imprevisibilidad. Por eso insiste en ordenar las prácticas, mapear lugares, categorizar riesgos y formar nadadores conscientes.
Uno de los momentos más potentes del episodio apareció cuando habló de la formación de guardavidas. Balatorre la definió como una experiencia de superación constante, casi “una colimba en el agua”, donde cada alumno aprende a vencer límites: entrenar con calambres, enfrentar el miedo al río, sostener una decisión, cuidar la vida de otro.
Allí también aparece el liderazgo. Para Sergio, el gran desafío de muchos jóvenes no está en obedecer o cumplir tareas, sino en animarse a tomar decisiones. Y en el agua, como en la selva, muchas veces no hay tiempo para dudar.
El liderazgo te lleva a tener que tomar decisiones. Y en la actividad de guardavidas todo el tiempo estás tomando decisiones”, señaló.
Contó, además, una experiencia compleja durante una travesía en kayak por el Paraná, con un grupo de Neuquén. El pronóstico anticipaba lluvia y, ya en pleno río, comenzaron las descargas eléctricas. El grupo quería ir hacia la costa, pero su lectura de la situación le indicaba que detenerse entre piedras podía ser más riesgoso. Decidió seguir remando hasta un punto seguro.
Por dentro, confesó, tenía “cuatro leones en la cabeza”. Por fuera, debía transmitir calma. Esa escena resumió una de las ideas más fuertes del episodio: en la naturaleza, el liderazgo no es una pose, es una responsabilidad.
La conversación también tocó un tema sensible: el miedo al agua. Balatorre explicó que muchas personas adultas no necesitan primero técnica, patada o brazada, sino amigarse con el agua. Entender de dónde viene el bloqueo, si nació de una experiencia traumática o de un miedo heredado en la familia. Una vez que ese miedo se destraba, el aprendizaje fluye de otra manera.
Sol Joulia sumó entonces una historia personal. Contó que, aunque había aprendido a nadar de chica, durante años la natación estuvo asociada al esfuerzo y a la obligación. Más tarde, después de atravesar problemas de dolor físico, volvió al agua. Y en la pandemia llegó a entrenar con Balatorre.
En uno de los pasajes más emotivos del episodio, le agradeció: “Vos me regalaste el disfrute del agua. Me devolviste la vida y el disfrute”.
Ese intercambio terminó de mostrar que el trabajo de Sergio no se reduce a enseñar a nadar, formar guardavidas o guiar travesías. Hay algo más profundo: ayudar a que las personas recuperen confianza en su cuerpo, en el agua, en la naturaleza y en sí mismas.
Hacia el final, el episodio dejó una reflexión necesaria para Misiones. Balatorre insistió en que los misioneros todavía no dimensionan del todo el privilegio que tienen. Ríos limpios, arroyos cercanos, selva a pocos minutos, una biodiversidad que otros lugares ya perdieron o apenas pueden visitar de manera excepcional.
Una vez que lo pierdan, vamos a llorar todos”, advirtió.
El cuarto episodio de El Umbral no fue solamente una entrevista sobre natación, ecoturismo o seguridad acuática. Fue una conversación sobre vocación, territorio, miedo, liderazgo y pertenencia. Una invitación a mirar la naturaleza no como postal, sino como maestra. Y a entender que, a veces, cruzar un umbral empieza con algo tan simple y tan inmenso como escuchar un rugido del otro lado del río.




