El golpe al bolsillo también se siente en la noche, en la salida familiar, en el encuentro con amigos y en esos pequeños gustos que durante años sostuvieron a bares, restaurantes y espacios culturales. En ese contexto, Kabaláh, uno de los lugares con impronta popular y de clase media trabajadora, atraviesa una situación crítica y podría cerrar sus puertas a fines de junio.
Su responsable explicó que el principal problema no está en la falta de esfuerzo ni en la ausencia de público interesado, sino en una realidad mucho más profunda: el achicamiento del poder adquisitivo.
“Lo primero que corta la gente es la salida, el asadito del domingo. El factor número uno es que se le achicó la billetera a la gente”, expresó.
La frase resume el clima económico que impacta de lleno en los comercios vinculados al ocio, la gastronomía y la vida social.
“Nosotros vivimos del sobrante de la gente. Vos pagás la escuela a los chicos, le comprás las pilchas, hacés el guiso, pagás la luz. Y si te sobra, te vas a tomar una cervecita con tu mujer, con tus amigos”, relató.
Ese “sobrante”, que antes permitía una salida o un encuentro de fin de semana, hoy prácticamente desapareció del presupuesto familiar.
Kabaláh, según describió, no fue pensado como un espacio exclusivo ni distante, sino como un lugar cercano al trabajador, al vecino y a la clase media. “Es un lugar de laburante clase media”, señaló. Incluso contó que muchos clientes habituales hoy le escriben para decirle que quisieran ir, pero no pueden.
“El tipo que me arregla la bici hoy me manda mensajes y me dice: ‘che Juan, qué bueno que vas a estar fulano, pero estoy cortado’. Y yo le digo: ‘yo no te puedo mandar la bici arreglada tampoco’”.
La situación, sostuvo, no comenzó ahora. La crisis se fue acumulando y el cierre pudo haberse dado meses atrás.
“Esto no es de ayer, esto es algo que tuvo que haber pasado en diciembre, y gracias a una serie de cosas lo pudimos estirar en el tiempo”, explicó.
En medio de ese esfuerzo, destacó el compromiso del equipo de trabajo. Dijo que son pocos, que redoblan tareas y que gracias a ellos el espacio pudo sostenerse hasta este momento. “Si llegamos hasta acá es porque tengo un equipo de laburo que son impresionantes los chicos”, remarcó.
Pero el margen ya se agotó. Una de las señales más claras es el peso de los servicios. “La boleta de luz de Kabaláh hace tres meses que la pago con la tarjeta, y después pago el mínimo porque no me alcanza”, contó. Esa dinámica, reconoció, terminó generando una “pelota de nieve” difícil de sostener.
El posible cierre de Kabaláh no aparece entonces como un caso aislado, sino como una postal de época: cuando el consumo se retrae, los primeros en sentirlo son los espacios que dependen de la salida, del encuentro y del pequeño disfrute. Para muchos vecinos, dejar de ir a tomar algo no es una elección cultural, sino una decisión obligada por la economía familiar.
A fines de junio podría bajar la persiana un lugar que durante años se sostuvo con esfuerzo, identidad propia y una clientela cercana. El problema, como resume su dueño, es simple y duro: cuando la gente ya no tiene resto, la noche también se apaga.




