En la antesala del Día del Trabajador, la CGT se moviliza con eje en los efectos del rumbo económico actual, al que responsabiliza por el deterioro del empleo, la caída de la actividad y la pérdida del poder adquisitivo. La protesta busca visibilizar el malestar del sector sindical frente a un escenario que consideran cada vez más adverso para los trabajadores.
Uno de los principales reclamos está vinculado al cierre de fábricas y la desaceleración de la actividad productiva, un fenómeno que, según advierten, impacta de manera directa en la generación de empleo y la estabilidad laboral. Desde la central obrera sostienen que la industria atraviesa un momento crítico.
En ese contexto, también remarcan la pérdida del poder adquisitivo de los salarios frente a la inflación, señalando que los ingresos no logran acompañar el ritmo de los precios. A este fenómeno lo definen como una “inflación de bolsillo”, que golpea de forma directa el consumo cotidiano de los trabajadores.
Otro punto central de la movilización es el rechazo a la reforma laboral, al considerar que podría implicar una pérdida de derechos adquiridos. Desde la CGT advierten que cualquier modificación en ese sentido debe contemplar garantías para los trabajadores y no avanzar en una flexibilización.
Además, cuestionan el enfoque general del modelo económico, al que acusan de priorizar a los sectores financieros por sobre la producción y la industria. En ese sentido, plantean la necesidad de un cambio de rumbo que contemple el fortalecimiento del entramado productivo.
La movilización se presenta así como una señal de presión sindical en un contexto de tensión creciente, donde la central obrera busca instalar en la agenda pública el impacto social de las políticas económicas y reclamar medidas orientadas a la protección del empleo y los ingresos.




