(Por Mario Antonovich. Iguazú, Argentina) Cada fin de semana largo en Brasil, Puerto Iguazú vuelve a quedar frente a una postal repetida y dolorosa: filas interminables sobre el puente internacional Tancredo Neves, turistas demorados durante horas y una economía local que pierde oportunidades mientras la burocracia gana terreno.
El problema no es nuevo. La ciudad, que vive del turismo, la gastronomía y el comercio, recibe a visitantes que llegan con intención de consumir, recorrer y generar movimiento económico. Sin embargo, muchas veces la primera imagen que encuentran es la de una frontera lenta, incómoda y expulsiva.

Como plantea Mario Antonovich, no se trata solo de una demora: se trata de una verdadera contradicción para una ciudad que debería tener en la integración regional una de sus mayores fortalezas.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿para qué sirve el MERCOSUR si, en la práctica, cruzar una frontera sigue siendo una odisea? Después de décadas de discursos sobre libre circulación, cooperación regional y fronteras inteligentes, Puerto Iguazú continúa dependiendo de controles que muchas veces no están a la altura del movimiento turístico y comercial que la región necesita.
El enfoque también apunta a la responsabilidad política. Hubo antecedentes de intentos de solución, como la construcción de cabinas durante la gestión de Maurice Closs, y también decisiones drásticas en pandemia, como el bloqueo físico del paso impulsado por Claudio Filippa.
Pero hoy lo que aparece es el silencio: faltan reclamos firmes, coordinación entre organismos y una mesa real de trabajo que entienda que cada hora perdida en el puente también es dinero que se pierde en hoteles, restaurantes, comercios y servicios.

La contradicción es aún mayor en un país cuyo gobierno nacional se define como defensor de la libertad económica y la libre circulación. En Iguazú, esa libertad parece quedarse detenida en la fila del puente.
Puerto Iguazú necesita menos discursos de integración y más decisiones concretas. Porque una ciudad turística no puede seguir teniendo como carta de presentación una frontera que espanta visitantes en lugar de recibirlos.




