Redacción C6Digital / Jorge Kurrle
La crisis económica nacional ya no se expresa solamente en los precios, en la caída del consumo o en la dificultad para llegar a fin de mes. También empieza a modificar, de manera silenciosa pero profunda, la forma en que se trabaja. En Posadas, los últimos datos laborales muestran una realidad que exige mirar más allá de los números fríos: hay más ocupación, sí, pero no necesariamente mejor empleo.
El dato que ordena la escena es contundente. En un país donde más de la mitad de los argentinos no logra cubrir sus gastos mensuales y donde cada vez más personas buscan una segunda actividad para completar ingresos, la capital misionera aparece atravesada por la misma tensión: trabajar ya no siempre alcanza. El empleo dejó de ser, para muchos hogares, una garantía de estabilidad.
Según los datos analizados, Posadas registró una leve mejora en la tasa de empleo y una baja de la desocupación al 3,8%, con más de 176 mil personas ocupadas. Pero detrás de esa aparente señal positiva aparece el verdadero problema: el crecimiento laboral estuvo empujado principalmente por el empleo informal, mientras el trabajo registrado retrocedió.
La foto es clara: el mercado laboral se mueve, pero se vuelve más frágil. Cuatro de cada diez asalariados en Posadas trabajan en condiciones de informalidad, sin las protecciones básicas que ofrece el empleo formal. A eso se suma el avance del cuentapropismo, que ya representa más de una cuarta parte de los trabajadores y funciona, en muchos casos, como una salida obligada antes que como una elección.
Otro dato golpea de lleno sobre la capacidad de generar empleo genuino: en el último año, Posadas perdió más de 2.100 empleadores, una caída superior al 21%. Esa contracción no solo habla de empresas o emprendimientos que dejaron de sostener actividad, sino también de un entramado productivo debilitado, con menos margen para crear puestos de trabajo estables.
El resultado es una escena cada vez más extendida: trabajadores que buscan changas, empleados que suman horas extras, cuentapropistas que multiplican tareas y jubilados que vuelven a generar ingresos para sostener la economía familiar. No se trata de una expansión virtuosa del empleo, sino de una adaptación forzada frente a salarios que pierden poder de compra.
En Posadas, como en buena parte del país, el desafío ya no pasa solo por contar cuántas personas trabajan, sino por preguntarse en qué condiciones lo hacen. Porque cuando el empleo crece de la mano de la informalidad, la estadística puede mejorar, pero la vida cotidiana se vuelve más incierta.




