El pastor Miguel Benítez llamó a combatir el orgullo y abrazar la humildad en una prédica profunda en El Faro.

En una noche atravesada por la emoción, la reflexión espiritual y también por el inicio de una nueva etapa para la comunidad de fe, el pastor Miguel Benítez compartió en la iglesia El Faro de Posadas un mensaje directo, intenso y profundamente confrontativo sobre uno de los pecados que, según remarcó, más daño silencioso causa en la vida de las personas: el orgullo.
La jornada comenzó con un clima de gratitud por el inicio de la ampliación del templo, una noticia celebrada con alegría por la congregación. Pero pronto el foco se trasladó al corazón del mensaje. Con una frase que marcó el rumbo de toda la prédica, Benítez presentó el eje de la noche:
“Mientras sigas sembrando orgullo, continuarás cosechando pérdidas”.
Además, la prédica trascendió las paredes del templo y pudo seguirse en vivo a través de YouTube, mediante la transmisión realizada por el equipo de streaming de C6Digital, lo que permitió amplificar el alcance del mensaje a una audiencia más amplia.
Lejos de tratarse de una exposición abstracta, la prédica se movió permanentemente entre la enseñanza bíblica y situaciones concretas de la vida diaria. El pastor describió al orgullo como un mal silencioso, capaz de desgastar la vida espiritual, romper vínculos, cerrar puertas y endurecer el corazón hasta volverlo insensible a la corrección, al perdón y aun a la voz de Dios.

Apoyado en textos como Santiago 4:6, Romanos 12:3 y Salmo 10:4, Benítez insistió en una idea central: Dios resiste a los soberbios, pero derrama su gracia sobre los humildes. En esa línea, subrayó que la humildad no consiste en debilidad, sino en la capacidad de reconocer errores, pedir perdón, aceptar correcciones y dejarse transformar.
A lo largo del mensaje, el pastor trazó una radiografía del corazón orgulloso. Habló de personas que no aceptan consejos, que se defienden de todo, que no pueden pedir perdón, que exigen reconocimiento, que viven heridas por el éxito ajeno o que minimizan sus propias fallas mientras magnifican las de los demás. Para Benítez, el orgullo no solo afecta la relación con Dios, sino también la vida familiar, los matrimonios, las amistades y el desarrollo de cualquier ministerio.

Uno de los tramos más fuertes de la prédica fue cuando remarcó que muchas pérdidas no se producen por falta de oportunidades, sino por la incapacidad de ceder, escuchar o reconocer errores. En ese punto, puso el acento en las relaciones rotas, en las familias divididas y en las bendiciones que muchas veces se frustran por un corazón endurecido.
“El orgulloso prefiere perderlo todo antes que pedir perdón”, sostuvo, al describir cómo ese pecado puede llevar incluso a destruir vínculos valiosos antes que dar el paso de la reconciliación.
La prédica también tuvo un tono pastoral y práctico. Benítez habló de la necesidad de revisar actitudes cotidianas: saber decir “gracias”, pedir “por favor”, reconocer el valor del otro, aprender a escuchar y aceptar que nadie crece solo. En varios momentos señaló que la verdadera madurez espiritual comienza cuando una persona deja de poner excusas y empieza a mirarse a sí misma con honestidad.
Otro de los puntos salientes fue su reflexión sobre el quebrantamiento. Allí advirtió que el orgulloso suele mostrarse fuerte por fuera, aunque por dentro esté roto, precisamente porque no quiere mostrarse débil ni necesitado. En cambio, reivindicó el llanto, la sensibilidad y la rendición delante de Dios como señales de un corazón humilde y dispuesto a ser tratado.
En el tramo final, el pastor llevó el mensaje a una dimensión comunitaria y ministerial. Señaló que el orgullo también puede frenar el crecimiento de la iglesia cuando las personas buscan protagonismo, reconocimiento o control, en lugar de servir con humildad. En ese sentido, recordó que el centro de todo debe seguir siendo Dios y no el lucimiento personal.
La noche cerró con un llamado a la rendición interior. Ya de pie, la congregación fue invitada a reconocer delante de Dios sus propias luchas, entendiendo que el orgullo no es un problema ajeno ni aislado, sino una batalla cotidiana del corazón humano. Con un tono sincero y sin rodeos, Benítez dejó una exhortación clara:
quitar la soberbia del corazón, abrazar la humildad y permitir que Dios transforme aquello que el orgullo ha venido dañando.
En El Faro, la ampliación de un edificio sirvió también como símbolo de otro desafío más profundo: ensanchar el corazón, pero esta vez para dejar entrar la humildad.





