Si bien el INDEC informó una mejora en el índice de pobreza, la que mide la vulnerabilidad en varias dimensiones crece desde hace siete años; qué dicen los expertos
Eliana vive en un barrio popular de José C. Paz y en el último año tuvo que recortar gastos en alimentos; además, estudiaba ingeniería pero dejó porque no podía pagarse el colectivo
Cuando los índices de pobreza bajan, tal como informó hoy el INDEC, lo esperable es que la calidad de vida de las personas que viven en situación de vulnerabilidad económica y social mejore. Sin embargo, esto no ocurre y se refleja en el crecimiento sostenido de lo que llaman pobreza multidimensional, según advierte un estudio del Observatorio de la Deuda Social de la UCA (ODSA) de la Universidad Católica Argentina (UCA).
Ese tipo de pobreza, detalla el estudio, registró un aumento interanual al pasar del 39,8% en 2023 al 41,6% en el tercer trimestre de 2024. Además, ese porcentaje crece desde 2017, cuando tocó un piso del 26,7%.
A diferencia del índice publicado este lunes, que mide la pobreza en función de las personas que viven en hogares cuyos ingresos monetarios no alcanzan lo que se presume indispensable para una familia tipo, la pobreza multidimensional contabiliza el porcentaje de personas que vive en hogares que tienen carencias no monetarias que hacen a la calidad de vida, como la imposibilidad de acceder a alimentos, medicamentos, servicios de salud, educación y servicios básicos como agua de red o cloacas, así como la postergación de mejoras en los hogares o al cuidado personal.
“Desde mediados del año pasado que empezamos a recortar gastos en la familia. Si antes llenábamos un carrito con alimentos para cubrir el mes, ahora vivimos el día a día”, cuenta Eliana Moreno, una joven de 20 años que vive en Sol y Verde, un barrio popular del partido de José C. Paz. Con su testimonio grafica el fenómeno analizado por la UCA: “La mayoría de las personas del barrio, incluyéndome, no comen las cuatro comidas del día, solo llegan a costear una de ellas”.
Eliana tiene un bebé de 3 meses, estudia psicología en la Universidad Nacional de Pilar y trabaja en un merendero comunitario, donde le pagan 78 mil pesos. Su pareja, Brandon, tiene 20 años, hace changas y trabaja en un taller mecánico. Su sueño es tener uno propio, pero como no puede costear una capacitación, aprende de su jefe y compañeros.

Susana es la madre de Eliana y Juan, de 7 años. Vive con el pequeño a unos pasos de la casa de su hija. Las dos casas son construcciones precarias de machimbre levantadas sobre un mismo lote a la vera de las vías del tren San Martín. La mujer, de 36 años, trabaja como empleada doméstica y también hizo recortes: redujo las raciones de cada comida y hace unos meses pausó las terapias de Juan, que tiene un trastorno de la atención e hiperactividad (TDAH). Por su situación económica, también le es imposible costearle su medicamento.
Estas familias son un ejemplo de cómo los sectores más vulnerables, en medio de muchas carencias, han retrocedido en su calidad de vida a pesar de las nuevas cifras de la pobreza. Es por eso que los investigadores de la UCA advierten que debería reverse cuál es la metodología con la que se mide la pobreza.
Cómo medir la pobreza
“La baja del índice de pobreza se explica porque hubo una fuerte reducción de la inflación y esto hizo que hubiera una recomposición parcial en los hogares”, explica a La Nación Juan Ignacio Bonfiglio, investigador de la UCA. Así, advierte que esa baja de la pobreza “se puede estar sobreestimando” si no se tiene en cuenta otras dimensiones importantes que hacen a los derechos y calidad de vida de las personas.
“Uno tiende a vincular la situación de pobreza con carencias materiales bien específicas, por eso nosotros medimos lo que es la pobreza multidimensional, que toma como referencia los derechos a la alimentación, la salud y la educación, entre otros. Esa pobreza está en aumento desde 2018 y no vemos que en el corto plazo mejore”, dice.
En cuanto al índice difundido hoy, señala: “Que haya descendido de manera importante no necesariamente implica que esa caída abrupta de la pobreza se vaya a sostener en el tiempo. Y es necesario analizar que existe una acentuación de privaciones estructurales entre los hogares sometidos a la pobreza por ingresos”.

Susana explica por qué no puede cubrir las terapias de su hijo: “La Municipalidad me puede cubrir la psicóloga, la fonoaudióloga y el neurólogo, pero me da turnos solo para tres meses de terapia, que se renuevan cada tanto porque hay mucha demanda. Así que yo le había empezado a pagar las terapias con mi sueldo. Pero ahora no me alcanza la plata ni para el medicamento que toma, que cuesta unos 80 mil pesos”.
Si bien está en blanco, como no cumple con las 16 horas requeridas, no tiene el beneficio de la obra social de empleadas domésticas. Susana trabaja 12 horas al mes porque debe atender a su hijo y porque la demanda de trabajo bajó. Espera que el parate sea corto y está analizando cómo retomar las terapias.
Según Bonfiglio, todos los aspectos que se analizan para medir la pobreza multidimensional “están muy vinculados a la política social”, como el acceso a medicamentos gratuitos para grupos vulnerables, o a la salud en general.
Desde la UCA proponen repensar la manera de medir la pobreza, ya que su caída puede estar sobrestimada: “La mejora en el ingreso familiar real no implica necesariamente más y mejores consumos corrientes o que pueda mejorar su capital humano y social”, dice. Ya que de hecho, y de acuerdo al informe, “entre antes y después de la crisis del ajuste, el 29% de los trabajadores continúa siendo un trabajador pobre”.
El Gobierno nacional mide la pobreza multidimensional. Lo hace a través del Ministerio de Capital Humano. De acuerdo a un informe de diciembre, para el primer semestre de 2024, un 43,6% de la población vivía en esa situación, un punto porcentual menos que en el primer trimestre de 2023. Los investigadores de la UCA advierten que el índice que ellos elaboran y el oficial no son comparables porque utilizan diferentes metodologías e indicadores.
Cómo dejar de ser pobre
Al carrito con mercadería que Eliana y su pareja podían comprar una vez al mes, incluso con ayuda de su madre, se le suman otros ítems que quedaron en el olvido y se relacionan con las carencias no monetarias.
Eliana dejó de ir a natación y hace unos meses ya no se compra cremas para su cuidado personal. Además, como los pañales para su bebé son muy caros, invirtió en los ecológicos que se lavan y reutilizan.
Este año Susana comenzó a estudiar psicología infantil, como su hija, un poco para entender lo que le pasa a Juan y en gran medida porque, como también dice Eliana, es difícil acceder a una consulta psicológica en las salitas de la zona porque no hay profesionales o son muy pocos. “La salud mental está descuidada y para los niños de estos barrios es clave”, coinciden.
Madre e hija cursan juntas y dicen que por ahora pueden costear los gastos del pasaje. Llevan al bebé con ellas. Las razones: es muy pequeño y pagar una guardería o conseguir lugar en una es imposible. Todos los mediodías, luego de dejar a Juan en el colegio, los tres viajan a Pilar.
Como el asfalto no ha llegado a la zona, no tienen un colectivo cerca para viajar, tanto a estudiar como a trabajar. Si bien podrían tomar un camino más largo para llegar a una de las líneas, prefieren ir a pie y ahorrar en pasaje. Para eso hacen lo que todos los vecinos hacen: se suben al terraplén del ferrocarril y caminan por las vías unas 15 cuadras, atentas a bajarse si pasa una formación.
El año pasado, Eliana estudiaba Ingeniería Agronómica en Universidad Nacional de La Plata, pero tras el aumento del pasaje, le fue imposible seguir. “Esa carrera es mi sueño, hacíamos prácticas, me iba muy bien, no me importaba viajar cuatro horas. Pero el costo del pasaje ya superaba mi presupuesto y no quería seguir pidiendo ayuda a mi familia”, dice la joven.
Eliana está preocupada por la salud de su hermano, le apena no poder aspirar a la carrera de sus sueños, viaja mucho, se cansa. Dice que a veces sueña con que alguien la apadrine para concentrarse en su estudio y aspirar a ser una profesional. “El estudio para mí es muy importante porque hace que avances en la vida, que tengas un mejor trabajo para sacar a la familia adelante. Eso es movilidad social. Así debería ser, ¿no?”.
Por Paula Soler
lanacion.com.ar