(Redacción C6Digital. Por Jorge Kurrle) Hay números que no solo describen una realidad: la denuncian. La morosidad de los hogares en Misiones, que pasó del 4,8% en febrero de 2024 al 15,3% en enero de 2026, es uno de esos casos. No se trata únicamente de una suba estadística ni de una curva financiera en ascenso. Se trata de una señal profunda de deterioro social, de fragilidad económica y de un modelo de subsistencia que empieza a mostrar sus límites más duros.
Cuando una familia cae en mora, no siempre cae por irresponsabilidad. Muchas veces cae porque ya hizo todo lo posible antes de caer. Ajustó consumos, postergó pagos, usó ahorros, dejó compras para después y recurrió al crédito como último recurso. El problema aparece cuando ese crédito ya no se usa para crecer, invertir o proyectar, sino simplemente para sostener la vida cotidiana. Ahí la deuda deja de ser una herramienta y pasa a ser una trampa.
Eso es lo que hoy empieza a reflejar Misiones con crudeza. Porque detrás de cada punto que sube la morosidad hay hogares más asfixiados, salarios que no alcanzan, consumo retraído y una economía real que no encuentra recuperación sólida. El informe basado en datos del Banco Central no hace más que poner en cifras algo que la calle ya venía diciendo en voz baja: cada vez cuesta más cumplir, llegar, sostenerse.
Detrás de cada punto que sube la morosidad hay hogares más asfixiados, salarios que no alcanzan, consumo retraído y una economía real que no encuentra recuperación sólida.
Y cuando esa dificultad se vuelve masiva, ya no se está frente a un problema individual. Se está frente a un cuadro estructural. Que Misiones haya escalado hasta ubicarse entre las provincias con mayores niveles de morosidad del NEA no es un dato menor. Es la confirmación de que el desgaste del poder adquisitivo no fue una percepción ni una exageración: fue un proceso real, persistente y ahora medible en la incapacidad de pago de miles de familias.
Que Misiones haya escalado hasta ubicarse entre las provincias con mayores niveles de morosidad del NEA no es un dato menor. Es la confirmación de que el desgaste del poder adquisitivo no fue una percepción ni una exageración
También hay que decirlo con claridad: una sociedad que empieza a financiar alimentos, servicios y gastos básicos con tarjeta o crédito personal no está resolviendo su economía, apenas está pateando su crisis unos días más. Y cuando los atrasos en créditos personales y tarjetas alcanzan niveles récord, lo que se rompe no es solo la cadena de pagos. Se rompe la previsibilidad, la tranquilidad y muchas veces la dignidad silenciosa de quienes ven cómo el esfuerzo ya no alcanza.
Más preocupante todavía es que el fenómeno también avance sobre las empresas. Porque cuando la morosidad crece en los hogares y también en el sector privado, lo que se tensiona no es solo el bolsillo familiar: es todo el entramado económico. Se enfría el consumo, se ralentizan los pagos, se multiplica la incertidumbre y se profundiza el círculo de estancamiento.
En ese marco, discutir la morosidad solo como un problema bancario sería mirar la superficie. El fondo es otro. El fondo es una economía que no recompone ingresos, un mercado interno debilitado y un escenario en el que demasiadas personas están dejando de usar el crédito como respaldo para empezar a usarlo como respirador artificial.
Porque cuando el sueldo pierde contra los precios, la tarjeta deja de ser una comodidad y pasa a ser una soga. Y cuando esa soga aprieta a miles de hogares al mismo tiempo, ya no alcanza con hablar de atraso, mora o incumplimiento. Hay que hablar de desgaste social, de frustración acumulada y de una economía que hace rato dejó de ofrecer alivio.
Cuando el sueldo pierde contra los precios, la tarjeta deja de ser una comodidad y pasa a ser una soga
Lo más inquietante es que detrás de estos números no hay solo balances en rojo. Hay familias que recortan alimentos, postergan salud, frenan consumos básicos y viven con la angustia de no saber qué vencimiento podrán cubrir el mes siguiente. Allí es donde la morosidad deja de ser una variable financiera y se transforma en una radiografía del deterioro cotidiano.
Y eso debería interpelar mucho más que a los analistas financieros. Porque cuando una provincia se endeuda para subsistir, lo que está en crisis no es solo la capacidad de pago. Es la capacidad de creer que mañana puede ser un poco mejor que hoy.





