Por Jorge Kurrle
En estas líneas intento leer un poco el ritmo político actual. La verdad es que, de alguna manera, ya me había olvidado de mis propios dones. Alguna vez lo hice.
Y confieso que cuando me confirmaron que la decisión política ya estaba tomada, y sentí que realmente era verdad, empecé a respirar cierto alivio en la pluma. Como si ese oxígeno nos diera otra oportunidad para escribir de otra manera. Dicen que algo parecido a un poco más de libertad.
El periodismo en Misiones también se debe un mea culpa colectivo. Los niveles de cooptación, por acción y por omisión, fueron literalmente adormecedores.
Es cierto: muchos elegimos, consciente o inconscientemente, delegar el análisis. Escuchar a Carlos Rovira era siempre “atrapante”. Veía la “curva”, repetían empresarios y dirigentes que desfilaban buscando también depositar su último análisis en manos de quien parecía saberlo todo.
Pero de un tiempo a esta parte algo cambió. Ese mentor empezó a ensayar formas cada vez más extrañas de presentar su propuesta política.
Se llegó incluso al punto de promover una confusión general de “blend”, donde se bautizaba por encima de militantes históricos a noveles nombres libertarios con más voz que muchos dirigentes barriales. ¿Acaso ya nos olvidamos de la supuesta genialidad de la “boleta corta”? Terminó siendo otro fracaso político. Pero cuidado con objetarlo: quien proponía esas estrategias también era quien tenía la lapicera.
Ya no había espacio para pensamientos disidentes. El que pensaba distinto era apartado, silenciado o directamente excluido de cualquier estrategia que no respondiera a quien sabe quién. Quizás al mismo de siempre. Pero el encanto seguía allí.
Hace algunas editoriales escribía que ya nada volvería a ser como antes. Y entre tantos influencers políticos que terminaron confundiendo incluso a quienes analizábamos la realidad, la letra debía volver a ocupar su lugar de respeto.
Por eso hoy resulta imposible volver a creer con la misma facilidad. Ese será también uno de los grandes desafíos del ambiente mediático: recuperar la creatividad, agudizar el pensamiento que estuvo dormido o sometido —por elección propia, porque tampoco corresponde sacarse el saco— aunque duela hacerlo en los próximos años.
En ese contexto, Hugo Passalacqua abre también un oxígeno para la pluma, para la palabra y para la opinión.
Lo percibo respetuoso, extremadamente analítico —“radical”, dirían los estigmatizadores—, pero firme. Hugo parece haber entendido que ya no alcanza con administrar. Va por el bronce y sabe que, aun compartiendo durante años la estrategia política de su ex socio inicial en la Renovación, Carlos Rovira, la convivencia nunca fue “fácil mismo”.

Hay otro dato que ayuda a entender el momento.
La evolución electoral de los últimos años empezó a mostrar una tendencia que la política muchas veces prefirió minimizar. La Renovación fue perdiendo volumen relativo de respaldo elección tras elección. Ya no alcanzaba con la maquinaria ni con el liderazgo histórico para explicar una sociedad que comenzaba a votar distinto, a fragmentarse y a demandar nuevas formas de representación.
En 2019, Carlos Rovira todavía encabezó la lista de diputados provinciales. En 2023 fue reelecto, pero ya desde el segundo lugar, detrás de Oscar Herrera Ahuad. Ese cambio, que en su momento pudo parecer un simple movimiento de estrategia electoral, hoy adquiere otra dimensión política. Y ahora, con el anuncio de que no volverá a ser candidato, termina de cerrar una etapa que se extendió durante casi dos décadas.
Más que una derrota puntual, lo que empezó a evidenciarse fue un cambio de época. Y cuando una sociedad cambia antes que su dirigencia, tarde o temprano la política termina acomodándose a esa nueva realidad.
Y en lo íntimo, más allá de los resultados, creo que Hugo hará lo “imposible” para no dejar esta provincia en manos de los libertarios.
Si le sale mal, aun así habrá impulsado la reforma más profunda del debate político que le faltaba a Misiones.
La duda persiste todavía, quizá adrede. “El mentor” regresó antes de tiempo de su viaje habitual y muchos imaginaban que sería capaz de reordenarlo todo. Sin embargo, delante de sus propios ojos empiezan a caer algunos de los “nichos” que sostenían el viejo esquema de poder. Incluso su entorno más reducido parece comprender, lentamente, que “era verdad mismo”.
Aquel mensaje de “unidad” o de “esperen que ya vuelve y van a pasar cosas” empieza a chocar con una realidad distinta.
Recuerdo haberle escuchado alguna vez al propio Gobernador una frase que hoy cobra otro sentido: “juntitos sacamos 28%”. Tal vez allí entendió que había llegado el momento de fortalecer una idea propia y, por primera vez en muchos años, tomar las riendas de la política misionera sin certezas electorales, pero con la libertad suficiente para dar una batalla que ya no piensa solamente en la próxima elección, sino en el futuro de todos.
Un debate menos vertical y más de asambleas. Más distributivo y menos concentrado en unos pocos. Más nuestro y más creativo. Con lo que tenemos.
Porque la decisión ya está tomada.
Y ese “lejos mismo de Rovira” no implica negar todo lo construido hasta aquí, sino ponerse al frente de una decisión que el pueblo parece haber tomado antes que la propia dirigencia.
Quizás, después de muchos años, la verdadera novedad no sea quién conduce la política misionera. La verdadera novedad es que, por primera vez en mucho tiempo, volvió a ser posible discutirla. Y eso, para una democracia, nunca es una mala noticia.




