(Por Jorge Kurrle – Director de C6Digital) En la política misionera hay algo que lentamente comienza a hacerse evidente: falta debate.
Hace un tiempo pude observar cómo dirigentes de distintos espacios se sentaban frente a frente a discutir ideas, confrontar posiciones y defender argumentos. Bastaron algunas preguntas para que apareciera la política en su estado más puro: la discusión de proyectos, visiones y caminos posibles.
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿por qué cuesta tanto encontrar dirigentes del oficialismo provincial dispuestos a hacer lo mismo?
Da la sensación de que muchos todavía esperan el llamado, la autorización o la señal para saber si pueden o no pueden opinar, si conviene o no conviene hablar o si es momento o no de fijar posición.
Quienes hace años recorremos la Cámara de Representantes recordamos otra provincia política. Había discusiones, diferencias y legisladores defendiendo ideas propias. Hoy muchas veces la sensación es otra: un sistema donde demasiados terminan atendiendo un solo teléfono.
Y cuando desaparece el debate desaparece algo todavía más importante: la formación política.
Porque la política necesita confrontar ideas para mejorar decisiones. Necesita dirigentes capaces de sentarse frente al que piensa distinto y defender sus convicciones sin esperar instrucciones.
Quizás allí se encuentre una de las consecuencias de los oficialismos largos y de los esquemas excesivamente verticales: generaciones enteras acostumbradas más a recibir órdenes que a construir pensamiento político propio.

Todo el mundo, por lo bajo, sabía que Carlos Rovira ejercía su poder y lo hacía sentir. Primero generó respeto. Después generó temor. Y finalmente comenzaron a animarse aquellos que entendieron que existe un límite que ningún liderazgo debería atravesar: la dignidad personal y política.
Porque una cosa es la conducción y otra muy distinta la subordinación absoluta del pensamiento.
Durante años muchos aprendieron que si había una idea debía decirse que pertenecía a otro. Que si había un proyecto debía firmarlo otro. Que si había una posición había que esperar primero que alguien más la expresara.
El resultado fue un progresivo vaciamiento de autonomías políticas y de dirigentes dispuestos a asumir el costo de pensar distinto.
Y ese fenómeno tampoco parece limitarse al ámbito provincial.

También los legisladores nacionales por Misiones muchas veces parecen esperar “la orden”. Algunos incluso lo reconocen abiertamente: no harán nada si antes no reciben el llamado del mentor.
Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿eso implica también no presentar proyectos, ideas o iniciativas propias para defender los intereses de Misiones?
Hasta aquí el oficialismo misionero cuenta con cuatro representantes nacionales y cuesta identificar una agenda legislativa propia o una producción parlamentaria acorde al peso político que la provincia tiene dentro del Congreso.
Incluso dirigentes reconocen que muchas veces las posiciones ya llegan definidas de antemano y solamente resta acompañarlas. Más de uno cuenta que hasta en grupos de WhatsApp se anticipa qué proyecto, por decisión superior, será acompañado y cuál no.

Diputados nacionales Daniel «Colo» Vancsik, Alberto Arrúa y Yamila Ruiz
En ese escenario, una de las pocas excepciones parece ser Oscar Herrera Ahuad, quien comenzó a construir un perfil legislativo propio a partir de proyectos e iniciativas impulsadas desde su propia mirada, sin esperar necesariamente coincidencias absolutas dentro del espacio político al que pertenece.

Diputado nacional Oscar Herrera Ahuad
Pero probablemente el debate de fondo sea otro.
El verdadero desafío que tiene hacia adelante el gobernador Hugo Passalacqua, prospere o no un nuevo movimiento político en Misiones, será reconstruir una generación de dirigentes capaces de pensar, debatir y decidir por sí mismos.
Porque crear un partido es relativamente sencillo.
Construir una cultura política distinta es muchísimo más difícil.
Formar dirigentes que puedan defender una idea aunque no coincida con la del jefe, asumir posiciones propias y discutir proyectos sin temor, demanda años de construcción política y madurez institucional.
Ese es probablemente el mayor desafío del tiempo que viene.
La dirigencia que viene no será la que espere órdenes, sino la que se anime a pensar, debatir y asumir el costo de tener una posición propia.




