(Nota Editorial por Jorge Kurrle *) En política, como en aquel viejo ejemplo usado por la psicología y la teoría de juegos, hay momentos en los que dos autos avanzan de frente sobre una misma línea. Ninguno quiere moverse primero. Ninguno quiere quedar como el que cedió. Pero hay una diferencia: a veces, tirar el volante no significa perder. A veces significa evitar que otro decida el choque por uno.
Eso parece haber ocurrido esta semana en Misiones. Hugo Passalacqua tiró el volante. No porque haya retrocedido frente a Carlos Rovira, sino justamente porque decidió no seguir por la ruta que el conductor histórico de la Renovación parecía haber trazado con Encuentro Misionero. El Gobernador dejó señales cada vez más claras de que no está dispuesto a ser una pieza más dentro de un armado diseñado por otro. Y mucho menos a aceptar que su futuro político se defina sin él.

La tensión no nació de un día para el otro. Venía acumulándose en gestos, silencios, fotos, ausencias y movimientos internos. El lanzamiento de Encuentro Misionero abrió una etapa nueva dentro del oficialismo provincial, pero también dejó una pregunta incómoda: ¿ese nuevo espacio contenía a Passalacqua o intentaba reemplazarlo como eje ordenador del poder? La respuesta empezó a quedar más clara cuando desde el entorno del propio Gobernador se marcó distancia y se dejó correr una definición política de alto voltaje: Hugo no es de Encuentro Misionero.
Ese fue el volantazo.
Durante años, la política misionera se movió bajo una lógica vertical, donde Carlos Rovira ordenaba, contenía, distribuía y proyectaba. Pero esta vez el Gobernador pareció leer que aceptar sin discutir el nuevo carril implicaba resignar mucho más que una sigla. Implicaba aceptar que su propio mandato, su capital territorial y su posibilidad de futuro quedaran subordinados a una ingeniería política ajena.
Por eso el gesto de Passalacqua no debe leerse como una simple diferencia partidaria. Es una declaración de autonomía. Es el Gobernador diciendo que no piensa llegar a 2027 como acompañante de un esquema que no conduce. Es, en definitiva, la decisión de largarse solo si hace falta, incluso sin Rovira.

La semana tuvo varios capítulos que alimentaron esa lectura. Por un lado, el armado de Encuentro Misionero buscó mostrarse como la nueva herramienta del oficialismo para ordenar la etapa que viene. Por otro, Passalacqua empezó a recibir gestos de respaldo territorial, especialmente de intendentes y dirigentes que leen en él una opción de continuidad con poder propio. En el medio, la Renovación dejó de mostrar una sola cabina de mando y empezó a exhibir dos centros de gravedad.
Uno es Rovira, con su historia, su estructura legislativa y su capacidad para diseñar movimientos de largo plazo. El otro es Passalacqua, con la lapicera del Ejecutivo, la gestión diaria y la posibilidad concreta de presentarse nuevamente como opción de gobierno. Esa convivencia, que antes podía administrarse en silencio, hoy empezó a tensionarse a cielo abierto.
En ese escenario, el ejemplo de los dos autos vuelve a tener sentido. Rovira parecía marcar una línea: Encuentro Misionero como vehículo de reorganización del poder. Passalacqua, en cambio, decidió no seguir derecho por esa ruta. Tiró el volante y abrió otro camino. No para escaparse, sino para evitar que lo lleven a una colisión política donde el desenlace ya estaba escrito por otro.

El movimiento tiene riesgos. Un volantazo siempre sacude a los pasajeros. Puede ordenar un nuevo camino o puede dejar heridas en la estructura. Puede entusiasmar a los que esperaban una señal de independencia o puede acelerar una fractura que el oficialismo todavía intenta disimular. Pero lo que ya no parece posible es volver al punto anterior, como si nada hubiera pasado.
La pregunta de fondo ya no es si Passalacqua pertenece o no a Encuentro Misionero. La pregunta real es quién conduce el proceso político hacia 2027. Y ahí el Gobernador acaba de enviar un mensaje claro: no piensa ir sentado en el asiento de acompañante.

Hugo tiró el volante. No para rendirse. No para ceder. No para correrse por miedo. Lo tiró para dejar de manejar por la ruta que Rovira le había marcado.
Ahora falta saber si ese volantazo abre una nueva etapa dentro del poder misionero o si termina confirmando que, cuando dos conducciones avanzan sobre la misma línea, alguien siempre tiene que decidir hacia dónde doblar antes de que sea demasiado tarde.
(*) Director de C6Digital / noticiasdel6.com)




