Desde Apóstoles, capital nacional e internacional de la yerba mate, Valeria Nahirñak habló con la emoción todavía fresca. La marca Yerba Mate Lapacho Rosa, nacida del trabajo familiar, del secadero propio y de un sueño sostenido durante años, regresó del Mundial de la Yerba Mate con premios, reconocimiento y una certeza profunda: cuando hay amor por lo que se hace, el esfuerzo también encuentra su recompensa.

En diálogo con Jorge Kurrle y Mauro Heidel, Valeria contó que llegaron al certamen con humildad, con ganas de mostrar el producto y con la confianza silenciosa de quienes saben que detrás de cada paquete hay historia, manos, paciencia y calidad. Las muestras fueron evaluadas a ciegas por sommeliers de distintos lugares del mundo, y el resultado confirmó lo que sus consumidores ya venían diciendo: “qué rica yerba, qué rico sale el mate”.

Lapacho Rosa obtuvo reconocimientos importantes: medalla de oro para la yerba tradicional, gran oro para la versión despalada, plata para la yerba para tereré y además una distinción nacional por la excelencia en la presentación del producto. Pero más allá de las medallas, lo que más tocó el corazón de Valeria fue otra cosa: el mensaje de sus propios empleados, agradeciéndole por enseñarles a hacer calidad.
La historia de la marca también tiene una imagen muy misionera: un lapacho florecido sobre el verde del yerbal. De allí nació el nombre, el color rosa del paquete y esa identidad que hoy distingue a una yerba artesanal, de producción pequeña, con secado a leña, hornos de barro y estacionamiento natural de 24 meses.

Pero la charla no esquivó la realidad del sector. Valeria fue clara al decir que hoy hay más esfuerzo que ganancia. Y aun así, sostuvo que el camino es seguir mostrando el valor de la yerba mate, educar al consumidor y explicar todo lo que hay detrás de un paquete: la planta, la cosecha manual, el secado, el estacionamiento, la familia, los empleados y una cadena de trabajo que merece ser reconocida.
“Es amor a la yerba mate, a lo que tenemos, a lo que hacemos”, resumió. Y esa frase alcanza para entender el espíritu de esta historia: una marca joven, nacida en Apóstoles, que no solo ganó premios, sino que logró algo más profundo: demostrar que la yerba misionera también puede emocionar cuando se la cuenta desde sus raíces.

Porque en Lapacho Rosa no floreció solamente un producto. Floreció un sueño familiar, un equipo unido y una bandera misionera que volvió a levantarse bien alto, mate en mano.





