El reciente anuncio del espacio Encuentro Misionero, a través de su mentor político, abre un debate que va mucho más allá de la Boleta Única Papel y del eventual tope a la cantidad de sublemas por partido. La discusión no debería limitarse solamente al mecanismo electoral, sino también a una pregunta más profunda: ¿la reforma busca democratizar la representación o cerrar de antemano el juego político?
En Diputados de Misiones se promueve la implementación de la Boleta Única Papel y, al mismo tiempo, una limitación en la cantidad de sublemas que cada fuerza política podrá presentar. En principio, la medida podría ser leída como un intento de ordenar el sistema, reducir la dispersión y darle mayor valor al voto ciudadano. Sin embargo, cuando se observa el movimiento político que acompaña ese anuncio, aparecen interrogantes inevitables.
Debemos suponer que, como ocurre con la mayoría de los proyectos que ingresan desde ese espacio, la iniciativa difícilmente sufra modificaciones sustanciales. La mayoría parlamentaria responde al mismo esquema político y, por lo tanto, el debate legislativo podría terminar siendo más una formalidad que una verdadera instancia de revisión.
Pero entonces surge la pregunta central: si la reforma todavía no fue sancionada, ¿por qué ya se anunció y por qué ya hablaron los cuatro nombres que aparecen como nominados del caducado Frente Renovador para Posadas? Jair Dib, Martín Cesino, Fernando Meza y Sergio Bresiski ya caminan como si fueran los nombres oficiales de una futura ingeniería electoral.
Y ahí aparece la pregunta más incómoda: ¿y las mujeres?
¿Acaso no existen mujeres con capacidad política, territorial, institucional y de gestión para encabezar una propuesta municipal en Posadas? ¿No podrían liderar una idea de ciudad? ¿O la apertura política sigue teniendo límites cuando se trata de ordenar los lugares de poder?
Si la reforma pretende jerarquizar el rol de los concejales y mejorar la calidad de la representación, también debería preguntarse por la representación de género en los lugares de conducción. No alcanza con hablar de modernización electoral si, en la práctica, las candidaturas principales siguen apareciendo definidas entre varones.
En otro orden, también queda abierta otra discusión. Si el nuevo frente político convoca a incorporarse “sin foto” y sin nada que firmar, ¿qué lugar real tendrán las visiones diferentes dentro de ese frente amplio? ¿Habrá espacio para construir desde la diversidad política o todo terminará subordinado a una mesa de decisiones previamente establecida?
Imaginemos, por ejemplo, que el recientemente asumido Christian Humada, proveniente del PJ, fuera invitado a incorporarse y quisiera impulsar en Posadas una línea auténtica de ese sector. ¿Tendría lugar? ¿Podría disputar una mirada propia? ¿Podría discutir la cantidad de sublemas? ¿Por qué cuatro y no seis? ¿Por qué cuatro y no dos?
La cantidad de sublemas no es un dato menor. Define quiénes compiten, quiénes quedan adentro, quiénes quedan afuera y bajo qué condiciones se ordena el poder. Por eso, una reforma electoral no puede ser presentada únicamente como una herramienta técnica. También es una decisión política que puede ampliar o restringir la participación.
En definitiva, pareciera que la reforma, más que democratizar, podría cerrar la cancha antes de que empiece el partido. Aunque se hable de valorar más a los concejales, el diseño final podría terminar consolidando una estructura de poder ya definida.
Por eso, una pregunta debería formar parte del debate público: si serán cuatro los espacios habilitados para competir en Posadas, ¿no sería sano garantizar que al menos uno de ellos sea encabezado por una mujer?
Porque una reforma política que no se anima a discutir la representación real de las mujeres corre el riesgo de modernizar la boleta, pero conservar intactas las viejas lógicas del poder.
Jorge Kurrle
Periodista
Director C6Digital





