En medio del impacto que generó la muerte de un médico anestesiólogo en Buenos Aires, en un caso atravesado por consumo de fármacos, fiestas privadas y presuntas fallas en los controles, el tema escaló rápidamente del ámbito médico a la preocupación social. En ese contexto, en el segmento de Cadena de Noticias para las plataformas de C6Digital, Jorge Kurrle y Jesica Sánchez entrevistaron al doctor Martín Lezcano, presidente de la Asociación Misionera de Anestesia, Analgesia y Reanimación, para abordar un asunto tan sensible como necesario.

La conversación comenzó con una aclaración que el especialista consideró central. Cuando surgió la referencia a las supuestas “fiestas de anestesiólogos”, Lezcano marcó un límite con firmeza. Advirtió que no se trata de prácticas que representen al conjunto de la especialidad y subrayó que son hechos repudiables, que deben ser condenados sin medias tintas. La precisión no fue menor: en tiempos donde una noticia puede instalar sospechas generalizadas, el médico buscó separar la conducta individual de la responsabilidad profesional colectiva.
Son hechos repudiables, que deben ser condenados sin medias tintas.
A partir de allí, la entrevista se metió de lleno en la pregunta que muchos se hacen frente a estos casos: ¿qué son el Propofol y el Fentanilo, y por qué su uso fuera del ámbito médico puede ser tan peligroso? Lezcano explicó que se trata de fármacos habituales en anestesia. El Propofol actúa como inductor del sueño y el Fentanilo como analgésico, es decir, permite bloquear el dolor durante procedimientos médicos. Pero su uso, aclaró, exige conocimiento técnico, monitoreo permanente y un entorno preparado para responder ante cualquier complicación.
¿Qué son el Propofol y el Fentanilo, y por qué su uso fuera del ámbito médico puede ser tan peligroso?
Fue entonces cuando Jorge Kurrle llevó la entrevista al terreno más concreto: ¿son drogas de fácil acceso? La respuesta fue negativa. Según explicó Lezcano, estos medicamentos no se venden al público y forman parte de un circuito controlado dentro de las instituciones sanitarias. Cada ampolla tiene trazabilidad, cada ingreso y egreso debe registrarse, y las farmacias hospitalarias manejan un sistema que permite saber cuánta droga se utiliza y en qué contexto. Sin embargo, también dejó en claro que ahí aparece una zona crítica: qué ocurre con lo que sobra o con la manipulación posterior. Y en ese punto, dijo, ya entra en juego la ética profesional.
Estos medicamentos no se venden al público y forman parte de un circuito controlado dentro de las instituciones sanitarias

Jésica Sánchez, por su parte, puso sobre la mesa otra inquietud que sirve para que la audiencia comprenda la verdadera dimensión del riesgo: si una persona entra en crisis por el uso de estos fármacos, hace falta aparatología para sostenerla o reanimarla? La explicación del médico fue contundente. Sí, porque el anestesiólogo no sólo administra una droga: está entrenado para controlar la vía aérea, sostener la respiración del paciente y monitorear funciones vitales con equipos específicos. Dicho sin rodeos, una sustancia como el Propofol puede provocar apnea, y si eso sucede en un ámbito no controlado, sin respirador, sin monitoreo y sin personal preparado, el desenlace puede ser fatal.
El anestesiólogo no sólo administra una droga: está entrenado para controlar la vía aérea, sostener la respiración del paciente y monitorear funciones vitales con equipos específicos
La entrevista también avanzó sobre un terreno incómodo, pero ineludible: las adicciones dentro del universo médico. Lezcano reconoció que se trata de un tema tabú, del que poco se habla, aunque existen antecedentes y estudios internacionales que demuestran que el problema existe entre profesionales de la salud. En ese punto, destacó que en Misiones la asociación realiza testeos aleatorios con tiras reactivas a sus anestesiólogos asociados, como forma de prevención y control. Fue una definición importante, porque dejó en claro que el problema no puede negarse y que la mejor manera de enfrentarlo es con vigilancia institucional y decisión profesional.
Se trata de un tema tabú, del que poco se habla, aunque existen antecedentes y estudios internacionales que demuestran que el problema existe entre profesionales de la salud.
Allí surgió otra pregunta necesaria de parte de los conductores: ¿hay también controles psicotécnicos? Lezcano explicó que la asociación cuenta con un gabinete de salud ocupacional y que, al ingreso de los profesionales a la residencia y a la entidad, se realizan evaluaciones junto a psicólogos y psiquiatras. Sin embargo, admitió que esos estudios no se hacen con periodicidad obligatoria, y que hechos como el que sacudió a Buenos Aires pueden servir para replantear y reforzar esos mecanismos. Más que una defensa cerrada del sistema, la respuesta dejó una ventana abierta a la autocrítica.
Hechos como el que sacudió a Buenos Aires pueden servir para replantear y reforzar esos mecanismos

En el fondo, toda la entrevista giró sobre una cuestión tan delicada como decisiva: la confianza del paciente. Porque más allá de los controles, los protocolos y las auditorías, cuando una persona entra a un quirófano deposita su cuerpo y su tranquilidad en un equipo médico. Y allí, Lezcano buscó transmitir una idea clara: la credibilidad del anestesiólogo no se declama, se construye en la práctica cotidiana, en el cuidado del paciente, en la responsabilidad con que se ejerce una profesión que trabaja, literalmente, al borde de funciones vitales esenciales.
Cuando una persona entra a un quirófano deposita su cuerpo y su tranquilidad en un equipo médico
La entrevista realizada por Jorge Kurrle y Jésica Sánchez en Cadena de Noticias, para las plataformas de C6Digital, dejó así una doble lectura. Por un lado, la necesidad de llevar tranquilidad y evitar que un caso extremo arrastre a toda una especialidad al terreno de la sospecha. Por otro, la evidencia de que estos episodios obligan a revisar controles, reforzar auditorías, mejorar la trazabilidad y discutir con más sinceridad un problema que durante mucho tiempo quedó encerrado en voz baja dentro del sistema de salud.
Porque cuando la alarma social crece, el silencio no alcanza. Y en temas tan sensibles como este, recuperar confianza exige algo más que explicaciones técnicas: exige hablar claro, asumir responsabilidades y demostrar, con hechos, que el cuidado de la vida sigue estando por encima de cualquier otra cosa.




