(Por Redacción C6Digital) La celebración de un nuevo aniversario de la Iglesia El Faro tuvo uno de sus momentos más intensados en una prédica atravesada por la emoción, la memoria y una fuerte apelación espiritual a no rendirse en medio del dolor. Con el mensaje titulado “Gritar para salir”, el pastor Miguel Benítez construyó una exhortación centrada en la desesperación, la pérdida de esperanza y la necesidad de volver a Cristo como única salida verdadera.

Pero antes de entrar de lleno en el núcleo del mensaje, hubo un tramo que le dio contexto, identidad y espesor a la noche. Benítez repasó parte de la historia de la congregación y recordó los comienzos humildes de El Faro, una iglesia que —según relató— nació con la convicción de obedecer lo que Dios les pedía hacer. Evocó aquellos primeros pasos en Itaembé Guazú, cuando alquilaron el primer espacio para funcionar como iglesia, y puso en valor un recorrido de siete años atravesado no solo por crecimiento, sino también por momentos difíciles, llanto, críticas y oposición.

En esa reconstrucción, el pastor dejó una definición que funcionó como una de las marcas de la noche: la iglesia no solo creció en cantidad, sino en sentido. Recordó una frase de un pastor ya fallecido —“la iglesia nos hizo mejores personas”— para destacar el papel transformador de la comunidad de fe. También subrayó que el Evangelio no puede reducirse a un mensaje para quienes atraviesan adicciones o crisis extremas, sino que alcanza a toda persona, porque Dios ama al pecador y se interesa por cada vida en particular.

Otro dato significativo apareció cuando recordó que el lugar donde hoy funciona la congregación había sido pensado en algún momento para un polideportivo. Sin embargo, con el paso del tiempo ese proyecto mutó hasta convertirse en el actual espacio de reunión, que incluso hoy continúa en proceso de reformas y ampliaciones. En esa referencia hubo también una lectura espiritual del crecimiento: no como una cuestión de números, sino como la llegada de “gente necesitada” que encuentra en la iglesia un lugar de refugio, escucha y transformación.

Ese marco histórico y testimonial fortaleció el impacto de la prédica principal. Benítez no habló desde una fe teórica, sino desde una experiencia de años de ministerio, esfuerzo y perseverancia pastoral. Y fue desde ahí que instaló una de las primeras definiciones fuertes de la noche: la bendición de Dios no está en lo material. Ni el dinero, ni la casa, ni el auto, insistió, pueden ocupar el centro. La verdadera bendición, sostuvo, es espiritual, y se resume en tener a Cristo.

A partir de esa base, la prédica se metió en su tramo más intenso con la imagen del pozo de la desesperación, tomada del Salmo 40. Allí el mensaje dejó de ser solo una reflexión bíblica para convertirse en una interpelación directa a quienes viven atravesados por la ansiedad, el temor, el estrés, la tristeza o la sensación de que nada va a cambiar. Ese pozo fue presentado como un lugar de encierro interior, de angustia silenciosa y de pérdida de esperanza. 

Uno de los momentos más fuertes llegó cuando se remarcó que nadie sale de ese pozo sin resucitar su vida espiritual. La salida, según planteó Benítez, no se encuentra en distracciones pasajeras, logros materiales ni alivios temporales, sino en una fe activa, sostenida en la oración, la paciencia y el clamor a Dios.
En ese recorrido, también apareció otro concepto potente: los “susurros del enemigo”, esas voces interiores que repiten que la situación no va a cambiar, que el dolor será permanente o que ya no queda esperanza. Frente a esa lógica de derrota, el mensaje contrapuso las promesas bíblicas y la necesidad de sostenerse en la fe incluso cuando la oración parece no tener respuesta inmediata.

La prédica evitó el triunfalismo fácil. No prometió soluciones instantáneas ni alivios mágicos. Por el contrario, puso el foco en la necesidad de esperar pacientemente, de perseverar en medio del proceso y de seguir creyendo aun en el silencio. Ahí apareció otra de las frases más filosas de la noche: la advertencia de que muchas personas quieren los regalos de Dios, pero no su señorío. La fe, en ese punto, fue presentada no como un acceso a beneficios, sino como una decisión de aceptar la guía y el gobierno de Dios sobre la vida.
Ahí apareció otra de las frases más filosas de la noche: la advertencia de que muchas personas quieren los regalos de Dios, pero no su señorío.

El tono pastoral del mensaje se volvió todavía más fuerte cuando Benítez recordó que muchas veces las personas se preocupan por todo, pero no oran por nada. Desde esa lógica, llamó a invertir la ecuación: orar más, preocuparse menos y dejar que Dios fortalezca el interior. La referencia a David perseguido por Absalón y el testimonio de Jeremías clamando desde lo profundo del hoyo reforzaron la convicción de que el grito del alma no cae en el vacío y que Dios sigue oyendo aun cuando el dolor parezca cerrar toda salida. 
Benítez recordó que muchas veces las personas se preocupan por todo, pero no oran por nada

En el cierre, la noche dejó una idea clara que atravesó tanto la historia de la iglesia como el corazón de la prédica: el pozo de la desesperación no es el final para quien sigue clamando. En tiempos de angustia, incertidumbre y cansancio emocional, el mensaje de El Faro se plantó con una certeza definida: la esperanza no depende de lo material ni de las circunstancias, sino de una fe que decide no soltarse de Cristo.
la esperanza no depende de lo material ni de las circunstancias, sino de una fe que decide no soltarse de Cristo.




