Ruiz de Montoya, el gran olvidado (Por Dr R.E.García)

OPINION
SÁBADO 15 DE ABRIL DE 2017 - 16:50
Ruiz de Montoya, el gran olvidado (Por Dr R.E.García)

El 11 de abril de 1652, muere en Lima, Perú, el cura Antonio Ruiz de Montoya, uno de los fundadores de las Misiones jesuíticas, actual provincia de Misiones. Ésta carta envió antes de la batalla de Mbororé desde Madrid

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Madrid, 16 de abril de 1640. Año del Señor.

Queridos hermanos en la fe.

Desde que salí de mi querido Loreto, el 23 de Marzo de 1637 hacia la Madre España, os debo decir que he cumplido con el objetivo que me he propuesto. Para ello hube de hacer un largo periplo viajando primero a Buenos Aires y luego al Brasil donde permanecía por varios meses acompañado por el Padre Francisco Díaz Taño. Recién después de diez y ocho meses de mi partida, el 23 de septiembre de 1638 fui recibido en la Corte del Rey. Lo primero que contara a su Majestad fue toda la relación de los males y crueldades ocasionados por la marea esclavizante de los bandeirantes, ya por él conocidas mediante cartas enviadas anteriormente.

Sin embargo, lo que más alertó a su sensibilidad fue cuando le expliqué que portugueses y holandeses querían quitarle la mejor pieza de su corona real: el Perú. Es razonable mi Majestad Real -le dije-; si ellos llegan a conquistar nuestras tierras pasando por el Río Uruguay no habrá fuerza alguna capaz de detener la marcha bandeirante hacia el Potosí.

Así, como comprendiera el terrible peligro ordenó por Cédula Real que se permitiese armar a nuestroshermanos aborígenes y organizar la defensa, previo visto bueno del Virrey. A este respecto, espero que ya hayan recibido el armamento necesario, pues con esos pertrechos sé que van a vencer y Dios los acompañará. También debo deciros que he aprovechadomi estadía para ordenar mis escritos y publicar “La Conquista Espiritual”. 

Es el relato de los sucesos ocurridos desde nuestra llegada a la región del Guaira, con datos de la evolución y catequización espiritual denuestros hermanos autóctonos. Luego, proseguí con la edición del estudio de la lengua guaraní, en cuanto a fonética y vocabulario y, por último, di a conocer el catecismo en ava ñe'ē. Todos estos libros han sido bien acogidos por los lectores europeos, los cuales quedaron muy sensibilizados por las revelaciones expuestas y los alcances de la lengua guaraní. Demás está decir que hubiera querido editarlos en la imprenta de mi querido Loreto, pero no pudo ser. No obstante, una segunda edición espero concretarla algún día. Aquí quedaron impresionados cuando les conté que los hermanos guaraníes habían fabricado artesanalmente una imprenta, la primera en la Gobernación del Río de la Plata. 

Les confieso que sentí un poco de vanidad ante sus muestras de incredulidad.

Para terminar os diré que encontré en la Corte Real cierta animadversión por nuestra labor catequística en las reducciones. Me enteré los motivos y os adelanto. Primero, denuncian que el sistema que impusimos sustrae a los hermanos aborígenes del régimen de encomiendas, y que amparamos a todos aquellos que logran huir de los encomenderos en busca de libertad. Segundo, comprueban los gobernantes y los encomenderos los progresos que obtuvimos en la labor productiva, superior a la de ellos, motivo por el cual codician nuestros campos y animales. Y, tercero, nos reclaman porque no pagamos tributos. Saben que una Cédula Real nos ha librado de pagar por diez años, y ahora se ha conseguido ampliar por otros diez años más, por considerarnos defensores de la frontera. Pero por ello se molestan y nos delatan; y deben comprender que la delación tiene tres causas: El temor, la envidia y el lucro. Ahora, razonemos: si ordenan eliminar las reducciones, ¿quién se quedaría con todos nuestros bienes? Y nuestros hermanos aborígenes, ¿adónde irían a parar? Por eso considero que de aquí en más debemos actuar con prudencia e inteligencia.

Con esto último hermanos míos me despido. Deseo estar pronto con ustedes en mi querido Loreto. Extraño a mí pueblo tanto como a vosotros. Si Dios quiere, tiempo más, regresaré después de vuestra gran victoria contra los bandeirantes.
Os abrazo y les envío mi bendición.

Padre Antonio Ruiz.
Rubén Emilio García.    





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